Poema #9
Sol tenue de otoño, de golpe mi temporada preferida.
Afuera, entre hojas húmedas y secas, crujen como recién despiertos, los demonios -pequeños niños- que clavarán sus colmillos en cuanto pierdan el hambre.
Por ahora solo remolonean en el rocío, quejándose con chillidos, del color de la luz.
Aun en la mañana, luego de una noche más larga que la anterior, la promesa de un día cálido se presenta en algunas flores que se resisten al cambio.
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Un reloj azul tormenta marca la hora del sol en la cara.
Promesas de calidez, de lluvias próximas, de chocolate con almendras -el invierno-.
Las hojas crujen a mis pies, y se deshacen en la boca de un perro. No hay mejor juego que el paso del tiempo tomado con la elegancia del no pensar.
Un avión a lo lejos, de este a oeste, perdiéndose los atardeceres.
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Bajo el tilo, un colchón de hojas.
Corro por debajo sin que me importen los latigazos de las ramas contra la cara de frío. Voy rápido, dando vueltas al tronco, descubriendo lo nuevo.
Sonrío, otra rama, sonrío con ruido.
Hay sol, pero todo puede cambiar en silencio.
Debo que usar bien el tiempo, estar alerta, almacenar recuerdos.
Los días, como las batallas, se ganas al alba.
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Las primeras gotas ya golpean entre las sábanas de plomo.
Me sorprenden sobre el espejo del baño. El agua gotea en el espejo, con esa misma cadencia, aunque imitando a la primavera.
Debo haber dejado atrás la infancia, rota entre las hojas del tilo.
Ya no hay incertidumbre, los colmillos brillan en mi espalda, y la ternura se evapora en su canción de cuna.
