Poema #8
La tinta falta. Acaso también las ideas y las sensaciones. El frío. Es siempre el frío.
La huella va en dirección al mar, con sus picos blancos, inalcanzables, allá donde sobrevuelan gaviotas y águilas y cóndores; donde los sueños se confunden con sueños, donde el llanto vale lo mismo que la piedra, o el anillo.
¿Quién dirige mis pasos hacia la aventura permanente del escape a destiempo?
Quiero que mi nombre se pierda entre las escamas de peces glaciares, donde el agua sólida ha dejado líneas sin vida.
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Llueve apenas, unas gotas tímidas, sin desplegar aún sus alas.
A mis pies, un lobo pequeño.
Han sido días movidos, a mi alrededor un torbellino blanco.
Pero ya basta de vueltas a deshoras, ni atribuirme ninguna emoción experimentado con anterioridad.
No me alcanza la tinta negra, necesito color.
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Otra mañana fría, y mi piel aún en un sábado de mar cálido.
Sobre el muelle, durante la tarde, rompí en pedazos mi máscara y la tiré a las olas. A una de esas olas que algún día recibirá también mis cenizas.
Pero vino la tarde, y luego la noche, el sueño del lobo pequeño, la comida casera y la charla ruidosa del descanso.
Una pausa, siempre es sólo una pausa, mientras nos acomodamos entre flores, que en realidad son llamas.
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El sol de la mañana demanda menos de mí. Menos cada día, menos cada año, menos cada vez que cuento.
Siento incómoda la ropa de adolescente, como los encuentros obligatorios, como los disfraces de último momento para jugar a ser ese otro. Grilletes, sí.
Cada mañana la oportunidad de que mi mano no intente ganarle a la palabra.
Extraño un poco, cada tanto, el futuro, pero siempre desde este presente tan cómplice, y tan evasivos.
