Poema #7
Una montaña aparece seguido entre mis sueños; no es parte específica de ninguno, más bien un testigo curioso.
Testigo sin saberlo, reclama; seduce, reclama.
No me dejo molestar, al menos en apariencia. Mi cara de piedra, mis ojos de pétalos y vidrio.
Ante el apuro, se me escapa alguna mirada de costado hacia su punta nevada; hacia donde mis pensamientos -como un imán- van a parar cuando despierto.
Ahí arriba un destino aún huérfano.
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Los charcos por todos lados; partes hondas más oscuras; zonas que se cobijan de un viento casi tan invisible como el cariño.
Personas disfrazadas, o abrigadas. ¿Es el porvenir de lo que sentimos con el frío de las tormentas?
Ya no doy más con las pinceladas; mis dedos con pintura siempre desprolija con la ambición de la trascendencia.
Por momentos estoy celoso del pasado, tan cierto, tan predecible.
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Media página, media, y entre nubes, un pico sin control, sin manos.
El miedo aún está, aunque parecía perdido. Quizás debí aceptar las limitaciones de cada proceso en el momento en que salté.
Pero soy cada vez más humano, y también más perro.
