Poema #49
El frío de mis dedos, como ramas duras de mañana temprano.
¿Qué puedo escribir para señalarle a mis pensamientos que se corran de ese lugar oscuro en el que están revolcándose desde ayer por la mañana?
No hay razones suficientes pasta justificar mi estado.
Delante, un gran arco da lugar a un templo escondido entre los cedros.
Hoy he pasado nuevamente por uno de los costados, ya que el centro está reservado para que pasen los dioses, y yo aún no me considero uno.
El frío empieza cuando la ciudad del río se va a dormir, y la ciudad de los árboles despierta.
De golpe, yo también, y más allá, la promesa de una caminata al sol entre montañas.
Debo recordar los nombres; el no hacerlo me aleja de lo que toco, de lo que siento; un destierro por develarse en lo alto de un peñasco, desde donde se decidirá todo en un día.
