Poema #47
Unas gotas caen en la mañana del sábado; intrépidas, sin anuncio, entre las luces de la calle.
Luego el sol, como si hubiera estado esperando.
Se escucha la vida entre una naturaleza que es igual de salvaje, cuando una piedra afilada decidía la llegada de la noche eterna.
Se acerca el principio, y también un final de uñas gastadas que aún lastiman.
La noche fría, generó su ilusión de contraste blanco como la piel de un lobo.
Cada paso, un camino que pasa, batallas que quizás hubiéramos ganado.
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Noche fresca de marzo, y un silencio que se parece a tantos otros.
Imperios antiguos, de tiempos escondidos en el horizonte.
El oeste como forma de dejar atrás lo que se conoce con nombre propio, lo que se elige y se padece.
El miedo se transforma en piedras clavadas en la garganta, un tapiz que brilla de rabia.
¿Cuánto siglos habrá que pelear esperando que alguien nos despierte pidiendo favores a cambio de arena?
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Últimas hojas doradas del otoño.
Manos de estrella, puntas de nieve y de bronce.
Instantes que podrían ser siglos; la espera en la rama, recordando los primeros rayos de un sol amable, tan sólo unos meses antes.
El cambio que trae el compás del tiempo, el ida y vuelta de las tardes y su danza con las mañanas.
El misterio del devenir, del viento testigo, de la noche como último refugio.
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Últimas voces de un atardecer que pasó lento.
Un zumbido, un temblor en las manos, una noche gris entre los ojos.
Recuerdos en los bolsillos; piedras preciosas del fondo del mar.
En el horizonte, los colores del tiempo, y la luz de una noche tranquila.
Hacia un lado, las velas blancas, el horizonte y sus misterios; donde las palabras son sólo sonidos.
Y del otro lado, la misma luna, donde el viento aún murmura mi nombre.
