Poema #46
Un zumbido que no se transforma nunca en abeja.
No sé si es un zumbido, o una creación de mi mente.
El otro, es otros, como creación de uno mismo, como idea abstracta, como motivo de cambio.
¿Existe fuera de la mirada de aquello que invento para justificarme?
En el fondo de un pozo, un niño que juega con su propia mente, y la arena de todos los desiertos, que estarán luego bañados en sangre.
Afuera las risas de quienes fingen su existencia.
Ni aquí ni allá; sólo en el limbo de la incomodidad compartida.
Las palabras, una vez más, cobran sentido ante la falta de presente.
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Sueño profundo, traspiración en el cuello, puntitos rojos como estrellas de campo.
Siempre la amenaza.
Siempre la posibilidad del daño permanente; ese que no desaparece, pero tampoco mata.
Días de calor, de lluvia fresca por las mañanas, ¿dónde está el abrigo que me protege de mis propios pensamientos?
Una manta de carencia, bordada con líneas que se extienden hacia la nada más lejana.
No hay más rayos ni truenos, sólo siluetas metálicas en un desierto verde -esqueleto de la tierra-.
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Durante la noche, duendes transparentes en las sierras.
Bajo montes de escarcha oscura, las pisadas se oyen como truenos; como si se acercara una tropilla salvaje de caballos.
¿Será necesario otra vez recurrir a las mantas de espinas? ¿A las pastillas que cambian de color el paso de los años?
La noche marcada por batallas entre hielo, viento y olvido.
El cuerpo siempre se salva a sí mismo.
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Otra vez manchas en la garganta apretada por el decir.
Silencio. Gritos.
Días, meses; ya nadie cuenta los granos de arena que se escapan por entre los ojos.
¿Qué miran en la distancia un día de niebla?
La visión pulida por la luz plana de las nubes, hacen de una mañana cualquier momento del día.
Rendirse parece hoy una alternativa necesaria.
El cuerpo que se defiende mientas la mente se escapa ante las primeras preguntas.
La línea defensiva es tan sólo una línea, y estamos frente a un espejo que sólo recuerda tiempos pasados.
