Poema #45
El sol se muestra de a pedazos, escondido aún en la bruma pesada de un invierno que reclama espacio.
La mente feliz, en un aire más denso, en un sustento de precisión.
Las olas, siempre presentes como en el final de una calma aparente.
Todo lo infinito condensado en la espuma que toca ahora mis pies.
Todo ese infinito que termina en la espuma que luego levanta el viento como propia.
El agua y el viento; y sólo mis ojos testigos, sólo mi mirada torpe.
En la diferencia entre lo eterno y lo infinito, el detalle de este momento único.
-
Colmillos viejos en una boca que ya no asusta.
Aroma a violetas en el medio de un monte; un abra verde con los rayos de luz de árboles altos.
Los días pasan, juegan un rato, y luego se alejan en silencio hacia el final del potrero, hacia una suerte de olvido.
No hay dolor ni ceremonia, sólo cambia un poco el viento y la tarde se vuelve sueño.
Las intenciones se quedan en las alas de las pocas luciérnagas que titilan con la constancia necesaria para que la noche no se sienta sola.
-
Otra vez la cara de la sangre y el azufre.
Otra vez el manotazo de la muerte sin saber de nombres, ni de motivos, ni de mañanas al sol.
El desierto como escenario de una batalla que se expande por siglos.
La arena negra en las venas, idiomas inventados, y formas que provocan la caída de imperios.
Los peces escondidos tras las rocas; donde todo se transforma en ceguera.
-
El otoño comienza a insinuarse, con el impulso de transformarse en primavera.
Cambia sobre todo el tono, no tanto la contención ni la forma.
Las mañanas ayudan -siempre- a compartir lo que los sueños esconden entre los juncos.
Pequeñas piedras que brillan con la luz de otras estrellas; almas antiguas transformadas en viento.
Un para-siempre: el escondite; el adiós entre manos tristes.
Es noche de luna llena, de juegos con un pasado que intenta pasar desapercibido entre los bailes, hasta desaparecer con la mañana fresca.
