Poema #43
El mar a pocos metros, la promesa de la eternidad.
Una calma transformada en calor, en lluvia, en catástrofe.
He construido una casa de arena seca, que brilla como si fuera de marfil, como si pudiera resistir por siempre los avatares del tiempo.
He pecado.
He creído que la sordera era falta de ruido, cuando en realidad, como el aleteo de un picaflor, todo a mi alrededor se ha transformado en un grito.
No existe el mañana sano; siempre estados permanentes; otra vez la imagen del aleteo constante para mantenerse a flote.
Mis manos -mis hombros con puntitos rojos de transpiración- piden el auxilio de la extremaunción desde un pasado que se ha vuelto negro.
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La nieve cae sola, cada copo un recuerdo de la tarde anterior, de un verano de promesas incumplidas, de la lluvia que espera desde diciembre.
Desconozco cada una de las facetas de la luna; aunque he contado los cráteres sin pensarlo ni una sola vez, sin dudarlo ni una sola vez, sin imaginar que lo seguiría haciendo hoy, con los ojos cansados y las pestañas grises como el sol de un invierno.
La luna, que en mi jardín se hace llamar de la misma forma que una flor amarilla, imita el movimiento de las abejas, y vuela como las golondrinas.
Quiero ser golondrina como me prometieron siempre.
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Carnaval como idea, un devenir de proyectos compartidos, un sillón negro y esperar a que alguien responda.
El mar compañero nunca estuvo más distante, más incierto.
Pueden ser varias vidas, dice mi parte poco sana con tal de cuidar su existencia.
Es sólo un perro que muerde, no es su culpa, es la mía.
Y además no muerde, sólo ladra.
Las heridas son externas, como los planetas de otras galaxias, como las estrellas que aún no vemos.
Se va yendo el sol, y con él, la ilusión de muchos.
Mientras que la de otros recién comienza.
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Se abre el mundo, como un tímpano que explota para soltar, pero también, para dejar entrar.
Entra aire donde había agua, quizás retenida por años.
Todo se reduce al miedo, y a como lo utilizamos, a cómo nos hacemos cómplices, a cómo lo transformamos en compañero.
Miro de reojo y veo el amanecer que se insinúa desde ese gran océano, y desde ese continente tan distinto, como una hoja en blanco.
