Poema #42
Un espacio de recuerdos, tajos en las veredas, en las galerías, donde conviven arreglos con ampliaciones.
Así el patio, con los limoneros; así la casa naranja, como una quemadura de primavera.
Un juego, un baile; un encuentro entre sonidos y colores.
No hay mucho más que baile -la vida siempre- un baile; un cuerpo en movimiento mientras los pensamientos inventan juegos que nadie comprende.
Lo primitivo, la estructura, lo estático; aquello que cambia tan lento que parece eterno.
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En una isla, en medio de un océano aún desconocido, y hay dragones de piel transparente que escupen lava.
Todos con el mismo nombre, todos con las escamas ordenadas de la misma forma, y traslúcidas como la nieve.
Su canto, un ritual secreto; sus penas el silencio de tantas almas perdidas en ese mismo mar.
Duermen entre las uñas de una luna llena.
Sueñan con plumas, con arena tibia, con veranos entre olas desparejas.
Su anhelo es un grito.
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La playa sigue estando intacta en la ausencia.
Las olas siguen rompiendo en un tubo blanco de espuma brillante.
La arena dorada como un sol inmutable.
Se extraña la normalidad de un febrero de pocos días, de cumpleaños feliz, de genios atrapados en lámparas y camellos que ríen como hienas.
Lo único vacío es el viento.
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El cuerpo se achica ante cambios que siente bruscos.
¿Cómo no hacerlo?
Si hasta tan sólo unos segundos, reinaba por sobre toda la tierra.
Esa tierra que hoy es campo de juegos y de batallas; de escape.
Una realidad que impone su resistencia sin bordes de tiempo, sin sorpresas.
Estamos cansados y buscamos lo mismo.
Soy yo el tic tac del cambio, yo quien debe avanzar, yo quien transforme el tiempo en jilguero.
