Poema #41
Ruidos, silencio.
Mi cumpleaños dentro de mi cabeza intentando expulsar los remanentes de miedos como un atardecer.
Cuarenta y cuatro miles de años. Parece un número mágico. Parece un número para atesorar y mantener cerca.
Hoy me vieron en la iglesia -agradeciendo- y me bendijeron.
Estoy feliz pese al repiqueteo interno de lo coyuntural, del presente.
Paciencia.
Todo se soluciona con tiempo y ternura.
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Destellos de abrazos, de besos, de cariño grupal, de pertenencia.
¡Cuánto que agradecer en este nuevo año luego de mucho estrés, de mucho sudor en la frente!
Un sapo que salto una sola vez por intento, y cada intento una ilusión.
Así la mariposa, la abeja; con cada flor, la promesa intacta de la anterior.
Sin pasado.
Pero no soy eso.
En mis pasos, la carga de la experiencia, del éxito posible o del fracaso.
Todo en una lágrima.
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Un zumbido, una incoherencia del destino que se me precipita -quizás- demasiado rápido, un agujero en el tímpano, como para no sentir la descompresión de las bajadas bruscas.
No tengo miedo, ni dudas de que el proceso, como la maduración de cualquier fruto, depende más de la adaptabilidad que del empuje.
Yo, tan acostumbrado al espejo.
Debo saltar, debo aprender de los tiempos que no controlo, del tiempo todo.
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Sonidos en la noche púrpura.
El tímpano con agujero de miel, de luna.
Temores que vienen del cuerpo, que luchan contra la libertad de la mente cada vez más despierta.
Media res de novillo, y las dos manzanas que quedaron a medio comer.
Es todo lo que pido que sea consumido en el viaje hacia el oeste.
Habrá que esperar el veredicto, que como en la escuela, viene desde el imaginario de un traje blanco.
La luz se ha vuelto un lujo, y mi mano parece ir perdiendo coordinación.
Otra muestra más de independencia, y me tendrán que perdonar.
