Poema #40
Clac, clac, clac; escucho interrupciones de presión.
Un reloj atrapado dentro de mi cabeza cuenta momentos necesarios para distraerme.
Tiempos que aún no tienen un significado claro, no al menos en la superficie terrenal en la cual se mueven mis pies, y mis alas de ciervo.
Todo movimiento es bueno, todo movimiento es bienvenido como un posible despertar.
La noche da paso a la mañana tan esperada por los ojos, por las ventanas y el aire que se conectan para que la vida sea una sola.
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Día de alguna definición.
Médico, lugar común ya para diciembre y enero.
Quiero llorar de rabia y que se transforme en músculo, en cartílago, en venas azules cargadas de convencimiento.
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La inestabilidad de la escucha, de que proviene de un allá marcado por otros sentidos.
No hay una relación clara entre lo que percibo y lo que mi oído hace.
Baila.
Se entretiene con sus propias partes pequeñas, con sus nombres infantiles.
No quiero que su libertad rompa nuestra relación tan especial, a la que sólo valoro en estos momentos de desbalance.
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Dientitos de perro en las esquinas del papel amarillo.
Dientitos juguetones, cachorro de leche y desayuno, mañana de campo llovido, de ramillete de flores de cactus.
Una luz titila casi inadvertidamente cerca de la casita blanca del fondo.
El sol avanza comiéndose los detalles de la noche, las ilusiones que fueron sueños de venganza, con sus armas de indio-lanza, flecha-arco.
La laguna sigue triste, la luna comenzó a achicarse, ya volverá todo; a la hora de la siesta.
