Poema #39
Un eco a toda hora, señal de que el mundo interno reclama.
Lombrices en los pensamientos, se parten en distintas secciones intentando contar una historia de aventuras de versos cortos, y letras grandes como la primavera.
Entiendo la posibilidad del riesgo, del percance en la víspera.
Nadie lo advierte con anticipación, por eso vale la pena incomodarse con los aullidos de los muertos; especialmente de aquellos desconocidos y exagerados.
Rezo un Gloria y espero que llegue la tormenta, y pase.
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El riego duerme debajo de los pies que pisan pastos secos..
La tristeza de quienes no tienen la capacidad de movimiento; sólo libertad de pensamiento; de presencia.
Pero luego así es también el agua: ríos, mares; todos dependiendo de fuerzas desconocidas para poder volcarse a cumplir voluntades que muchas veces tampoco les pertenecen.
Esto será sólo un ensayo.
Este será sólo un lugar para sembrar pastos en sus entrañas de oro, que luego se fundirán para otros anillos, para otras espadas.
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Laberintos de cera dentro de mis oídos, escucho el caminar de los camellos como si intentaran pasar desapercibidos.
Lejos quedaron mis años de domador de circo, y allá también mi afán por el control, por la pérdida, por la gracia forzada.
Una manta de lana tapa mis pies, no lo había notado en toda la noche.
Debe haberse tejido sola, como los hicieron las cortinas de nube en el otoño.
Los sueños -siempre músicos compañeros- se esparcen entre la tiniebla del pantano que me protege.
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El cuerpo -objeto extraño- me pone a prueba.
Lo escucha es el campo de batalla; una vía de tren abandonada como trinchera, y nos reconocemos de lados distintos.
Voy a contar mis chances de vuelta, aunque sepa que no puedo ganar.
No controlo los mecanismos internos, la resonancia de los sistemas que aparecen dentro.
Un motín es lo que enfrento, y acepto la tregua.
