Poema #38
Las palabras se ven en la superficie de un mar calmo.
Apenas se desprenden de la espuma, y desaparecen tímidas para una próxima aparición.
Se agrupan de a pares, lejos una de la otra -cisnes contra un fondo negro-.
Cuentan historias de lugares remotos, de animales, de témpanos dorados; sabem sobre leyendas y héroes que vivieron tiempos de templanza.
La orilla las retiene para de esa forma, cobrar vida.
-
Una zanja frente a la ventana; la tierra viendo el sol como si lo conociera.
Pequeñas piedras brillan al ser descubiertas, y ya no reconocen la oscuridad del mismo modo.
Dos mundos. Dos nombres.
El espejo de uno sobre el otro, y en ese encuentro, una partición imposible.
Sonidos que fueron alguna vez imágenes, y que quedaron perdidos en la noche, donde la humedad de la tierra pierde relevancia, haciéndose pasar por caricia, por abrazo, por ojo.
-
Un silencio de tumba, de tierra, de topo; retumba contra los costados de mi cabeza intentando acurrucarse como si fuera una madriguera.
Por alguna razón, mi cuerpo no lo toma de forma violenta, lo acompaña y le da tiempo parar que elija mudarse a un cuerpo transparente, donde la luz del día lo transforme en una flor blanca.
Hay que buscar el consuelo en el final; las últimas líneas -palabras desesperadas- suelen sintetizar las vivencias del tiempo.
-
La ropa apenas moviéndose de lado a lado para airearse.
Un baile, un juego imperceptible.
Debajo, pasto castigado por el sol, falta de agua, y la indiferencia.Las palabras se ven en la superficie de un mar calmo.
Apenas se desprenden de la espuma, y desaparecen tímidas para una próxima aparición.
Se agrupan de a pares, lejos una de la otra -cisnes contra un fondo negro-.
Cuentan historias de lugares remotos, de animales, de témpanos dorados; sabem sobre leyendas y héroes que vivieron tiempos de templanza.
La orilla las retiene para de esa forma, cobrar vida.
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Una zanja frente a la ventana; la tierra viendo el sol como si lo conociera.
Pequeñas piedras brillan al ser descubiertas, y ya no reconocen la oscuridad del mismo modo.
Dos mundos. Dos nombres.
El espejo de uno sobre el otro, y en ese encuentro, una partición imposible.
Sonidos que fueron alguna vez imágenes, y que quedaron perdidos en la noche, donde la humedad de la tierra pierde relevancia, haciéndose pasar por caricia, por abrazo, por ojo.
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Un silencio de tumba, de tierra, de topo; retumba contra los costados de mi cabeza intentando acurrucarse como si fuera una madriguera.
Por alguna razón, mi cuerpo no lo toma de forma violenta, lo acompaña y le da tiempo parar que elija mudarse a un cuerpo transparente, donde la luz del día lo transforme en una flor blanca.
Hay que buscar el consuelo en el final; las últimas líneas -palabras desesperadas- suelen sintetizar las vivencias del tiempo.
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La ropa apenas moviéndose de lado a lado para airearse.
Un baile, un juego imperceptible.
Debajo, pasto castigado por el sol, falta de agua, y la indiferencia.
