Poema #36
Pequeño pájaro blanco de alas grises y copera rojo, ¡cuántos recuerdos!
Una búsqueda interminable de complicidad; una promesa o algo predecible.
Quiero llevarlo al resto de mi vida, al resto de las experiencias.
Esa sorpresa en lo cotidiano, eso extraordinario en lo casi trivial.
Ojos que se abren, bocas que exclaman en silencio, un dedo que apunta a aquello que se ha dado de manera fortuita.
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La imposibilidad de una flor, de ser un árbol, de ser otra cosa que una flor.
Si pudiera volver el tiempo atrás, si pudiera transformar el pasado con el filo de un cuchillo, con la sangre de esos antepasados que alguna vez fueron parte de su potencial.
Hoy quiso ser daga y clavarse en la piel.
Hoy quiso ser una flecha que estalle contra ese corazón que mira de reojo.
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Mirada tierna de niño azul con pelo de sal.
Si pudiera ya expandirme dentro del agua como lo hacen mis pies, y luego mis manos; como buscando algo, como queriendo recibir lo que se regala en la chatura de una superficie dorada.
Busco, busco; con cada vez más fuerza dentro de mi propio imaginario.
Sólo marcas de viento como huellas de gaviotas sobre la arena.
Y allá a lo lejos, la posibilidad de un encuentro.
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Otra vez los paisajes suspendidos al punto que una pequeña duda hace que todo se detenga antes de precipitarse contra el suelo.
Recuerdos de mañanas iguales esta; con la rabia de un perro enjaulado, con el aburrimiento de un perro enjaulado.
Debo volver a las letras, a la única forma que conozco de paz; el perdón.
Se notan los jazmines en el aire fresco; una caricia en el cuello; uñas que se clavan.
