Poema #34
Las noticias, como pájaros, aparecen sin ninguna señal previa, y rompen el celeste del cielo.
Como una garra en la cara, las uñas entre los ojos, ahí donde la memoria aún no existe.
Estrellas, carruajes tirados por camellos del tamaño de las giradas; el pasado unido por un sonido antiguo.
Mi infancia: mis sueños y la imposibilidad.
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Una guerra finita sobre una montaña desperdiciada; todo se aleja, y el tiempo se estira dando menos opciones.
Números que parecen aleatorios como migas de pan; un supuesto camino a seguir en el caso de aceptar los desafíos.
¿Hablarán de llegar en algún momento?
La llama se extiende repleta de recuerdos; es lo único que queda.
Nieve y recuerdos.
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Un espíritu con similitudes distorcionadas por el tiempo.
Otras formas, otro idioma quizás, aunque sólo sea formal.
Los restos de la noche, abriendo la puerta a un nuevo mundo; el mismo que usa.
El mismo con el que agita pensamientos de maltrato; de berrinches de niño.
Nos une la búsqueda inalcanzable de una libertad que existe en el pensamiento, aunque sabemos que el destino es sólo la búsqueda.
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Las emociones se apoderan de la sangre que escapa hacia el interior del cuerpo.
Quedan días de insomnio y culpa; momentos de violencia posible, en la que no trascenderá ninguna palabra bien intencionada.
Una cara sin nombre, sin ningún potencial de defensa, espera del otro lado de la mesa; y en ella todo el odio de este final que se precipita y se transforma en agua, que hierva al tacto.
