Poema #3
Mi vida ha perdido la fuerza que antes reconocía como propia; donde aquel traje y esa mueca oscura quedaron en el pasado.
El mismo dolor y una ausencia más viva.
Una gaviota ahora gira en mi mente, como una lágrima. Mis ojos clavados en el horizonte de un atardecer distinto. Todo con la misma nostalgia del niño sin consuelo.
Resiste en mi la imagen imposible, y al repetirla se hace eterna. Mis ojos devoran la vida. Quizás por eso estoy acá, en esta terraza, con el sol en los labios.
Me oculto detrás de un velo gris como el asfalto y miro con envidia. Digo “yo” todo el tiempo. Porque no soy sol, no soy nube, no soy luna. Soy un nudo en el pecho como el corazón de un alcaucil, como el vapor de agua en la ventana de un verano.
Respiro, sonrío; espero que el mar me traiga un león y un beso con gusto a agua salada.
No tengo idea del dolor que causan mis silencios, ni mis discursos de millones de palabras; menos aún el momento en que me traiciona esa distancia de un adiós de madrugada.
