Poema #29
Extraño la sensación de no ser liviano, de no poder tomarme menos en serio.
¡Qué necesidad estar duro en esta vida ta poco demandante!
¿Dónde arranca y donde terminan las voces que me molestan?
Son mías. A nadie le importa.
Es hora de cambiar, de barajar de nuevo.
Creo que puedo.
Al mediodía de este día de sol.
Ya.
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Hablo a los gritos en una mesa cercana.
Es claro que no me escucha nadie, pero no genero lástima.
Irrito. Se altera el cuento que nace desde la lengua partida.
Estamos solos y no sabemos llevarlo.
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Una puerta que se abre, y del otro lado, el espejo.
Todo con la misma forma, con los mismos tonos, con el mismo peso; algunos detalles de diferencia: liviandad, poder y sensibilidad.
No hace falta tanto más.
No son sustantivos, sino lo que hacemos con ellos. Arma. Asma.
El despegue es soltar todo. Dejar pedazos viejos de consciencia en el piso, entre los árboles.
Que las cadenas que estallen para volverse ceniza.
Los pies tiemblan con la emoción de volverse aves.
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Una tranquilidad interrumpida por una sensación de escape, de momentos de quietud.
¿Por qué le tengo tanto miedo al horizonte?
Un barco en mar abierto, en el borde de lo conocido.
En lo alto, sin control, con el miedo a la lejanía, a la altura, a no poder volver.
La esquina de Francia por debajo, el borde, y yo con miedo a la nada.
