Poema #27
No usar nombres.
No usar descripciones demasiado detalladas.
No dejarse guiar por el olfato prejuicioso de las relaciones contaminadas por el tiempo.
Descanso sin el sentido del norte, por donde saldrá algún día un sol.
Ahí por el frío, entre los témpanos; dónde el mar es sólido como las piedras que llevamos atadas a los pies.
Ya no recuerdo el último día, ni sueño con el próximo.
Ya sin nombres propios; hojas de otoño sobre mi pelo, sobre los hombros, debajo de mis pies de piedra.
Todo hoy, todo ahora; y la nada.
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La carne hecha pedazos en el suelo, sin haber siquiera hecho un ruido durante toda la noche.
Mi dolor; un dolor de egoísmo entre manos que apartan.
Encontré ese lugar al que puedo regresar como si no lo conociera, sabiendo que me recibirá con sábanas limpias.
Ritmo ante todo, eso es la serenidad, la constancia, la disciplina; todo eso que se repite sin sobresaltos.
Soy más bien errático, pero convencido de que, alejando la mirada, se puede ver también una repetición, una cadencia, una identidad.
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La mirada se escapa entre las hojas.
Queda el tiempo todavía; un juego mental, nada para agregar.
Ahora se ven las oscuridades, y un limón estallado debajo de un árbol.
Nada de tristeza, nadie prestando atención.
La mirada fija en el cielo inalcanzable.
Peino mis brazos otra vez, y no, no son alas.
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Arrancan las piedras y los pazos, las trampas -pequeñas pruebas-.
Ahogarse en ellas es probablemente la peor opción, pero ¿a quién puede interesarle si conoce el dolor desde antes?
Vueltas y vueltas intentando encontrar el lado del cuchillo en el que se esconde el filo.
No es fácil, y ciertamente tampoco es siempre cierto.
