Poema #24
Los días van pasando a la velocidad de un caballo asustado.
Cada número, un pájaro que se esconde del frío.
Poco importan los seres humanos, la civilización, las costumbres dañinas.
Anhelo encontrarme solo, como la cigüeña que esconde una pata imitando al junco.
Poco saco de la serenidad de mi propia compañía.
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El interior humano expuesto ante ojos extraños; la inconsciencia ayuda a soportar casi todo.
Difícil el momento del despertar lejos de la mañana, cuando el sol se distrae con las nubes de otros mundos.
Me siento incómodo todo el tiempo, me siento en una tarde-noche-tarde que se parece a un sueño sin interrupción.
Odio competir, porque hasta el tiempo deja de parecer mío.
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El frío no cede, entre mis dedos y piernas apretadas; el frío de la falta, del encierro, del miedo.
Tengo el valor de imitar una resistencia, de fingir fortaleza.
Grito: ¡no!, como una oveja ante el peligro.
Me cansa la duda, el despertar de una palabra atragantada, escupirla en el agua que corre y verla desaparecer, sin haber conocido la ternura.
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Una hoja antes de tiempo, pese al sufrimiento de nadie.
Pudo quizás haber sido distinto, pudo haber merecido mareas distintas.
Pero fue, en el espacio siempre verdadero de la existencia presente.
Seré justo, pálido, bello; todo al mismo tiempo.
