Poema #23
Una nueva marca en la cara, un tatuaje hecho por el mar; nada más perfecto.
Tanto tiempo de alegrías, hicieron que, a modo de ordenar las cosas, me dejase una enseñanza, de la única forma en las que se aprende, con una herida.
La llevo con honra.
Valió la pena el dolor, la conmoción, la sorpresa. Ahora damos vuelta la página, y con un ademán, agradezco por la lección.
En un nuevo destino, donde miraré ese horizonte azul oro tan deseado desde la distancia.
Seguro que nuestro encuentro sea pronto, y me adaptaré a sus nuevas reglas.
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La exposición, otra vez la inseguridad de un pájaro con ala rota.
Sueños interrumpidos por un nombre, por tiempos aún desconocidos, como los del viento.
Cada respiro me cuenta un poco más de lo que espero, en mi ojo derecho, toda la hinchazón del agua y su rechazo.
Recuerdo un abrazo, un refugio que necesito, incluso para olvidarme de mí mismo.
Sólo el tiempo trae con él respuestas, y como siempre, cuando no se esperan.
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El corazón dividido en dos. No aún roto, pero la sensación es la de un tímpano.
Sin embargo, sonrío cada vez que amanece.
Dos almas divididas, se multiplican en mi atención.
Lo que está bien, lo correcto, lo que corresponde; formas de salir de una encrucijada resbalándose.
Nadie habla nunca de la pelea entre el pragmatismo y el dolor.
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Una tranquilidad de golpe, invadida sin razón aparente.
Rarezas de la mente ante el reconocimiento de la tranquilidad.
Debo mirar hacia adelante, e imaginarme acompañado.
El gran entusiasmo; la gran voluntad.
Lo fingido no deja de ser real, al menos de a ratos.
