Poema #22
No me quedan dudas de que no puedo evitar el naufragio.
Hice mil cosas, y ya no sé si podré encarar otra vuelta, ni si tengo la fuerza ni la confianza.
Me queda conocer algún lugar remoto, perderme en paisajes que parezcan cómplices buscar la simpleza del traslado, la conexión con aquello que es pasajero.
Sólo ahí tendré paz para dejarme ir.
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Muy tranquilo, breve nomás, un juego y a dormir.
Nada que temer, aprender a saltar entre pensamientos.
Y dejar espacio al entusiasmo, a la sonrisa espontánea.
¿A dónde irá esa confianza?
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Mucho tiempo sin nada que sentir.
El cuerpo se hace presente, con su abanico de colores hasta ahora contenidos en un tiempo desierto.
Una presencia, una mano esperada, esquivada durante años.
Una droga semanal acompaña mis tardes, pero no hay hoja en este otoño que no disimule lo verdadero, lo que intento romper.
Pese a todo, no me arrepiento de nada, pese a todo hay ilusión -palabra ciega-.
Todo pasa, también las tardes, y en ellas, de vuelta, todo.
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Ya los días no pasan.
Algo me intoxica del recuerdo.
Quizás su relación directa con la creación de un futuro condicionado.
Hay un tigre debajo de la mesa, arañándome desde adentro.
Desesperado por salir, por liberarse.
Y en cada intento, como un arpa, me clava una pluma negra en el oído.
