Poema #20
Las nubes pesadas sobre el tilo negro.
Cargadas con las expectativas del cambio, con el temor y la ilusión de aquellos más estáticos y delicados.
Anoche la luna ya anticipaba una mañana lenta.
Hubo gritos durante la noche, esos que podían ser de un niño o de un pájaro.
¿Cuántos colore traerá el amanecer?
Ya no se escuchan las campanas en el medio del campo, ya no se sonríe con los ojos cerrados.
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La espuma que brota de la máquina, el vapor; todo el ruido al mismo tiempo, desmedido.
Quiero todo eso, y todo lo demás.
Las tardes de la primavera también, unidas con trenzas de colores.
Lo supuse desde siempre, aunque quizás desde hace tan solo un minuto.
Al final es lo mismo, al igual que la falta de cautela, o el verdadero color del río.
De todas formas sería imprudente evitar los empujones mientras avanzamos por la manga, no sólo desconocemos lo que nos espera, sino que también podría devorarnos.
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Cansancio cruel, la mente como una manzana verde.
¿Por qué tanta tensión? ¿Tantos fantasmas?
Todo sería perfecto si, o todo estaría completo con.
No termino de armar la escena a la que volvería a descansar.
Sólo la descomposición podría traer calma. Solo la partición de todo lo que me constituye.
Hasta el momento en que ni la memoria quede toda en el mismo lugar.
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La calma es de la mañana, en un momento preciso, y luego se hace evidente y se pierde.
Antes pudo haber estado detrás del cerco verde que templa el aire cansado de tanto verano.
La mueca siempre sorprende, y se recibe con curiosidad.
Antes todo estaba seco, ahora de pronto, el movimiento trae sentido, un nombre, una misión.
Intento buscarme en ese silencio de claridad, donde pétalos amarillos cubren el suelo frio que ya no reconocen.
Ahí de pronto, la aparición sutil de una lágrima.
