Poema #2
Con el lenguaje vivo del agua que cae del cielo, hoy espero cerrar los ojos en paz. No en la paz a la que tanto temo, sino a esa paz sentida al haber dejado todo en esta noche sucia, contaminada por el pesar quejumbroso que transpiro.
En este paso entre montañas y ríos, donde el tren me espera, relato en silencio mis últimas experiencias. Sueño un poco y luego retomo desde donde creí dejar. Todos detalles de frío, de colores, de alucinaciones de castigo.
No creo en maleficios, si en la imposibilidad de descarnarse en el viento, con cada poro, con cada ilusión. Me refugio en los puntos, en las comas; cada uno de ellos un instante de reflexión que en este momento intento callar.
No lo logro pero me acerco. Mi mano va sola por la hoja como una bailarina en el cielo de un cuento. Quizás nadie lo hizo, quizás sí. Quizás fue la condición que tuvieron que sortear aquellos virtuosos que ahora leo entre tapas duras de madera, y de plomo.
Puedo aún intuir sus puntos débiles, sus enigmas, sus estrategias. Sólo me sirve igual para mi propio paladar de entendimiento histórico.
De haber estado ahí sentado, en aquel tiempo, no creo haber podido medir nada. Su valor me hubiera cegado como lo ha hecho el de tantos otros, como lo hace la frustración que siento al no reconocerme uno de ellos.
¿Cómo hacer para cambiar el destino tan deseado para uno por otros, cuando ya el verano está en su momento pleno? ¿Cómo trepar esos andariveles que ya son garras para poder huir hacia lo desconocido del monte que me acompaña silencioso en los márgenes?
Espero. Busco en los rincones cosas que dejen de lado aquellos a los que admiro. Antes me interesaban las tibiezas. Ya no. Ahora sólo me importan aquellos muy estoicos. Como una droga, la valentía ajena me incita a dividir mis miedos y regalarlos a quienes los pidan en las veredas.
Hay uno en particular. Uno con olor a durazno y alcaucil. Uno que se coló en algún relato anterior. Aquel elegido por sí mismo para ser rescatado. Ese que no me ve, que no me siente como yo a él, y a mí. Aquel que habla idiomas perdidos y pelea batallas desgastadas con una sonrisa sincera. Aquel que ahora es otro.
Voy por ese otro en mi tren mágico de ruedas rítmicas. Voy por él como la luz que juega a parecerse al mar.
En los inviernos duros de mi infancia, entre esperas de siesta y dolores de panza, lloraba como hoy lo hago en la vigilia del final. Riego en mis poros aquellos hongos que me comen por dentro como relámpagos en el cielo azul de la noche. Lloro como los han hecho tantos, como lo habrán hecho todos.
