Poema #17
Medio siglo de arraigo, y medio siglo más para desandar los pasos dados.
Millas bajo los árboles, lejos de las estrellas, sobre las hojas secas, sobre los charcos.
Lo que no suma, mata.
La sensación de estar acompañado se sostiene en un camino donde ya no hay faros que guían.
Ni principio ni fin. Sólo acción.
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Hay poco viento. El movimiento se vuelve silencioso; en cámara lenta.
La marcha se acelera sobre la roca, encuentra un ritmo, una cadencia nerviosa que le es orgánica, y a la vez, clara como el agua de un lago.
La calma parece estar llegando a su fin; parece estar mordiéndose sus propios talones mientras continua su avance en esta tarde sin viento.
Se extraña el ruido constante, sereno.
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Enojo que brilla en el mar oscuro.
Días y días envueltos en toallas húmedas.
¿Qué será del verano?
Un estado, un lamento frío; posibilidades sobre formas de ilusión.
La mano siempre extendida, con los dedos separados en forma de estrella.
Los caracoles ordenados en fila, por color, en forma de trampa, alrededor de un grito en medio del horario de la siesta.
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El ahogo es adentro de uno mismo. Ruido sordo, viciado de quejas.
No hubo mañana hoy. El día estaba entero de luz.
Una, dos, tres, las caras del sueño.
¿Cómo será el principio del día en el que este verano se termine?
