Poema #14
Una ciudad. Sol caliente y vacaciones en un puerto.
Incertidumbre ante la posibilidad de quedar en el umbral de un día cualquiera.
Extraño el aire cuando está viciado con la posibilidad del miedo.
Los vasos tocan más fuerte la mano que los agarra. Pesan.
Los gritos de hombres, de mujeres, niños, de ancianos y animales domésticos y salvajes; todos se unen en un lamento.
No existe la tranquilidad en tiempos antiguos; en baldosas de lágrimas sin razón concreta.
Nadie dice basta porque está prohibido, pero no hay corazón que lo sienta lejano.
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Varios días cocidos entre sí por compañías desconocidas.
¿Hace cuanto que no tenía los problemas de la mala piel y la desidia por el caminar?
Siento amor desde un lugar fraternal, desde lo que pensé que me era esquivo.
Ahora la gran expectativa con sus FA sostenidos y banales, de la comunicación en el lenguaje de los latidos.
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Días que se parecen a otros días, o a colores.
Noches de sueños cortos, de pocos siglos.
En que sería un sueño interrumpido, el recuerdo de aventuras y el rato justo para avanzar un poco más lejos.
No sé si la partición es aleatoria o esconde una trama, una razón profunda, un mensaje, o acaso un tesoro.
Escucho el piano de la emperatriz, ahí en el fondo del patio, con el pelo blanco de la nieve y suave como como la ausencia.
Nada más violento que pensarse en peligro.
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Desde la ventana, al lado de un puente, con el frío amigo de la ventura que viene, y la sensación de estar parado sobre el mismo suelo, un lamento en la montaña.
No es el lugar, es uno, o ni siquiera.
Mirar, dejar ir, mirar y dejar ir; mirar, ir.
Los pies tienen peso propio.
Con su amistad empiezo un nuevo camino más allá de estas palabras, más allá de mis manos, más allá de los renglones, que, como las flores, se transforman en barrotes.
