Poema #12
Lentamente, pero de golpe, el invierno abrió su paso a través del otoño y cubrió el pasto con un manto blanco de sorpresa.
Esperado, aunque peligroso, con la belleza de todo lo que genera preocupación, la mano azul del aire abraza mi cara y traspasa mis pies de lana.
Una parte disfruta, la otra se prepara. Ayer era otoño; anteayer, pasado.
La primavera me encontrará con el pelo adulto.
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Del otro lado del río, hecho un nudo en el piso de mármol, buscando ese calor en su propio abrazo; ese calor esquivo que se desconoce desde el afuera.
Pensamientos poco claros, imágenes confusas, preocupaciones ajenas.
No parece reconocer las bondades del charco que se siente charco, del viendo que es sólo viento.
Intento una tercera mano que se me acerque a la cara, es inútil. Sola en esa tranquilidad de cuerpo humano, la mente observa, tapa; sin ser nunca agua.
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Segunda oportunidad, segundo intento detrás de los molinos.
La sensación de no ser más una molestia, de no ser una piedra que aplasta mientras se dora bajo un sol de arena.
¡Afilo mis uñas y las velas! Jamás repito el orden para no ser predecible. Prepararé el fuerte con lo que me sobre de ímpetu, esperando la batalla más allá de sus muros.
Nada quedará en pie mientras me sobre una lágrima.
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Un repiqueteo en esa luz de exterior, esa que ilumina la calle y mi celda.
El recuerdo me lleva del pelo a ese yo de antes, de antes que antes.
No extraño lo que mis ojos no reconocen, salvo el gusto metálico de lo que alguna vez fue incertidumbre.
