Poema #11
El perrito lobo juega con una botella ya casi rota, como si en esa destrucción se encontrase a sí mismo.
Muerde, muerde, muerde todo; el mundo que lo rodea a través de los dientes.
Investiga, olfatea, muerde, repite. Una mordida con cierta prudencia, luego aumente hasta el máximo de su capacidad sin que importen las consecuencias. Me da envidia.
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Al revés de Sansón, el pelo largo me debilita, como si cargara con la responsabilidad de ser distinto, de otro con otra personalidad.
El pelo como amuleto, el pelo como adversario, el pelo como enemigo. El pelo cómplice de mis peores demonios.
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Hace meses que no tenía un mes de mayo. Un mes de transiciones, un metro de año. La temperatura: tibia.
No estoy ni en la cima, ni en la profundidad de ese pozo.
El peligro no parece aún ser consciente de sí mismo.
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A mi lado, una canasta de mimbre redonda como un abrazo.
Ahí, en las noches frescas de este verano/otoño, el perrito lobo de patitas grandes y nariz moteada.
Sus sueños y los míos conectados en pastizales de oro, entre hojas secas y pastizales de agua de lluvia.
Ninguno sobra. Los dos unidos en un para-siempre verde.
Las mañanas desconocen de esos encuentros. Lo atesoramos como a un silencio. Todo el resto sobra.
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La idea de estar solo no imposibilita la compañía del sol que me vio crecer, momentos de búsqueda de complicidad en una garganta de ausencia.
Han tocado a mi puerta con ganas de buscarme, de salvarme.
Poco piden ya mis días, tan solo una mañana sin alergias, con gestos compartidos en el aire, y la idea de estar quieto, y de haber llegado.
