Poema #10
La noche forzada desde el pasado, con ambiciones de futuro sano.
El llanto de un perrito detrás de la puerta, y la sensación de hogar desvanecida entre gotas de rocío y lágrimas anticipadas.
¡Debo romper con las costumbres!
Saltar la piedra con la que tropiezo, no esquivarla;
es necesario cierto riesgo.
Tocan a la puerta.
Viejas personalidades que cuentan mi historia no sin temor a la resistencia.
El objetivo no es siempre sonreír la mañana.
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Movimiento, ruidos, gente con tareas que interpretan mi espacio y mis sentidos.
Por momentos es sólo el ruido de una madrugada desbocada. Por otros, una invasión de incongruencias.
Intento adaptarme. Normas para tapar el hartazgo.
La soledad y el silencio son tesoros que se extrañan en las mañanas mías.
Pero soy adulto y debo aceptar las cosas que elijo.
Soy adulto y debo aceptar que las mañanas ya no son sólo mías.
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Todo parece ir a un ritmo más lento. Hoy. Parece.
Todo bajo agua, lleno de furia lenta. Todo distinto.
La piel está brotada con poros rojos, como si la hubiese picado una flor.
Sufren. Hasta los insectos y las plantas del patio que me asfixia.
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Se escucha el llanto en el fondo. Detrás de la puerta. Un gemido que conmueve.
Dificultades de crianza.
De niño me decían que sería un buen padre, como si fuese un halago. Épocas en sepia.
He cambiado el ladrido por el canto de los pájaros y el ruido de la lluvia.
Cuanta libertad para un día gris.
Entiendo que hay un sueño del otro lado de la tormenta; y más allá hay otro, en donde compiten contra la paz de un final.
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La luz y el día se temen. Del otro lado del río.
Dentro mío, la piel arañada por huesos puntiagudos cubiertos de sangre verde.
La opción a veces es cruel, y hay pocas puertas entre las nubes.
