(Pastillita: Nueva sección de anécdotas, pensamientos, escenitas, opiniones, etc..)
Vengo practicando intermitentemente meditación trascendental hace bastante, hice el curso hace unos 10 años, y el otro día me acerqué nuevamente a la Asociación Argentina de Meditación Trascendental para una sesión grupal, ya que sentía que me iba a venir bien refrescar un poco la teoría.
Llegué a través de Fernando, un coordinador que aparentemente es como el jefe de la asociación, a quien conocía de cuando hice el curso.
La asociación es un pequeño monoambiente en la Av. Corrientes al 800, con unas pocas sillas, una televisión vieja, y una mesa con unas hojas en blanco y unos marcadores.
Había una pareja de unos 60 y pico, un señor de unos 50, un joven de algo tipo 25, y una chica de unos 30, sentada en un costado, con los ojos cerrados, recostada contra la pared.
Tenía la actitud de una persona en situación de calle, pero estaba bien vestida, con una campera estilo Uniqlo, unas medias muy gruesas de lana color marrón clarlo -a tono con la campera-, las piernas tapada con un buzo verde, y unas zapatillas como de trekking.
Tenía el pelo rojizo atado muy tirante, con una colita que se apoyaba contra la pared. Le piel era blanca casi translúcida, y tenía las ojeras muy marcadas.
Antes de que arranque la meditación, Fernando nos hizo algunas preguntas sobre cómo estábamos, cómo venían nuestras meditaciones, etc.., pero en ningún momento le habló o la miró a ella.
Arrancó la meditación y yo no podía dejar de pensar en quién era y qué hacía esa mujer ahí.
Pensé en un momento que podía estar enferma, lo que me dio pánico por miedo a contagiarme de algo horrible. Pero no tosía, por lo que al menos el contagio sería menos probable.
Estaba muy abrigada para la temperatura que hacía, lo que sumaba a la hipótesis de la enfermedad, pero nada explicaba su presencia ahí.
Podía ser la hija de Fernando quizás, o de la pareja de 60 y pico, pero me parecía raro que nadie la mirara, ni le hablara.
En un momento de la meditación, fantaseé con la idea de que sólo yo la estaba viendo, y que era una suerte de espíritu. Lo deseché rápidamente, porque se movía un poco cada unos minutos para acomodarse mejor contra la pared, y la campera hacía ruido.
Pensé después en que podía ser una especie de vampiro, que venía a chupar la energía de quienes estábamos ahí meditando; como si la pusiera Fernando a propósito, o la asociación, para hacerse de nuestros pensamientos y fortaleza mental.
Terminó la meditación y abrió los ojos por unos pocos segundos, metió la mano en el bolsillo de la campera, saco un teléfono, lo miró, lo volvió a guardar, y cerró los ojos.
Fernando nos preguntó como nos había ido, todos dijimos algo que sonaba lindo, y lentamente nos fuimos levantando de las sillas, y saliendo del departamento.
Ahí quedó ella, y hasta donde sé, ahí sigue estando.

