Diario
19/07/26
En Buenos Aires llueve, y hoy juega Argentina la final del mundial.
Estoy desconectado absolutamente de todo lo externo. Todo lo que no sea mi oído, mi salud, la necesidad de hacer cambios en mi vida, la búsqueda cotidiana de algún tipo de sentido, de propósito.
Vengo teniendo un año malo. No quiero quejarme de más, no es tan malo en comparación a lo que puede estar viviendo otra gente. Es malo para mí, para lo que me imaginaba, para lo que esperaba, y para lo que había planeado y organizado.
Se me frustraron viajes, proyectos, me operé; y estoy desde diciembre súper angustiado y sin norte.
Y por alguna razón, esta última semana sentí que no puedo más. Que necesito agarrar el toro por las astas antes de que este agujero negro me chupe para siempre.
Escribir, leer, distraerme con amigos; nada me funciona, todo me deja en el mismo lugar gris en el que vivo desde noviembre del año pasado; por no decir desde la pandemia, o desde mucho antes…
Estoy, obvio, súper medicado, pero pareciera que no alcanza. Es como si la capacidad de disfrute a la que puedo aspirar tuviera un techo al que muy cada tanto llego, toco, y caigo.
Mis fantasías ya ni siquiera pasan por escaparme, ni por generar una vida muy distinta a la que llevo. Entiendo que es algo más interno, más intrínseco a mi manera de vivir las cosas que me pasan: resaltando lo malo y dándole poca importancia a lo bueno; como una defensa para no ilusionarme, y aceptar que la mayoría de las cosas serán malas, o al en el mejor de los casos, neutras.
Quiero poder tomar la decisión de bajar un poco la cabeza, el pensamiento atolondrado, de darle más lugar al cuerpo, a las emociones; por lo menos aún tengo esa esperanza.
Recuperar un poco el entusiasmo como para tirar de esa soga y dar vuelta la página de estos tiempos oscuros. Algunos cambios tendré que hacer; no hay cambio posible desde un sillón.
Me voy a leer y a intentar escribir a un bar.
Ojalá que Argentina gane.

