Diario
14/03/26
Bueno, primera noche que duermo bien, un montón en realidad, como 9 horas... Fui a comer sushi a un 3ero piso cerca de mi hotel, en Shibuya y a las 830pm estaba metido en la cama. Es interesante porque hay mucho patio de comidas vertical, es decir, edificios donde en cada piso hay uno o varios restoranes, muchos sin ventanas, y muy distintos entre sí. Este era muy de locales, pues no tuve manera de comer nada más que lo que comía el señor de al lado, apuntando a su plato.
Último de día de Tokyo, mañana parto para Kioto.
Algunas impresiones de estos primeros días:
Tokyo es una ciudad antigua, pero capital de Japón desde finales del siglo XIX, Desde entonces, padeció un terremoto tremendo en 1923, y luego la 2da Guerra Mundial, en ambos casos fue reconstruida, y eso se nota.
Es como si a las ruinas se les hubiese puesto arriba un peluquín moderno de edificios e infraestructura, por momentos bastante occidental, y haya quedado como un poquito forzado.
La Tokyo antigua aún existe, ahí nomás, a centímetros de la superficie, y se ve en los edificios viejos, en los cableados desordenados en los postes de las calles, en el contraste entre casas pequeñas y cuasi sostenidas por alambre; y por sobre todo, en las formas y el trato de los locales.
Hay una inocencia en la gente, que parece por momentos forzada. Puede estar relacionada con esos sufrimientos atroces que aún permanecen en el silencio de los ciudadanos más viejos, y en la cuasi infantilidad de los jóvenes y adolescentes, todos mimetizados con formas medio andróginas, mucho maquillaje, vestidos con una insinuación sutil de sensualidad mezclada con la inocencia de los peluches colgando de las mochilas, y las risitas cómplices secretivas que se escuchan en la calle.
La cartelería pública es otro ejemplo; todo brilla como si fuese pensado para niños, desde los neones en los locales y los restoranes, hasta la propia comunicación oficial en las plazas y calles. Mucho color estridente y primario, mucho rosa y amarillo, con muñequitos a la Hello Kitty, para indicar que hay un museo o un cruce de calles. Como si esa infantilidad los alejase del horror del sufrimiento que han de haber sentido con tanto desamparo en estos últimos 100 años.
La propia gente parece comportarse de forma aniñada y frágil. Yo, que no soy para nada corpulento ni amedrentador en ningún sentido imaginable, me encuentro por momentos teniendo que ser cuidadoso, exagerando ciertos ademanes de cortesía, temiendo de alguna manera, que mis formas puedan quedar bruscas o asustadizas para esta gente “aparentemente” frágil.
Extraño mundo de contrastes ha sido Tokyo, y esta sensación de capas, de niveles; desde la inocencia de la superficie hasta el dolor y probable resentimiento de sus niveles más profundas enterrados bajo los brillos del desarrollo, hacen de esta ciudad un lugar para quedarse más tiempo, e intentar rascar un poco la superficie y ver que aparece bajo esta piel tan blanca con la que buscan tapar tanto sufrimiento.
Por supuesto que para lo que estoy diciendo, no tengo absolutamente ninguna evidencia ni prueba ni nada, sólo la vivencia de 2 o 3 días caminando, y posiblemente inventando una interpretación de lo que veo, que por alguna razón me interpela.
Veremos que me dice Kioto, la capital milenaria de este país que ha resistido todos los embates que la historia le ha presentado, y algunos más.



